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ReportajeDanny Rivera: cantor de otros tiempos

Danny Rivera: cantor de otros tiempos

Por Roberto Quintero
Fotos: Carlos Gómez

Danny Rivera es uno de esos exponentes del arte de los que, tristemente, ya quedan muy pocos. Nació en Puerto Rico en 1945, al calor de la efervescencia nacionalista de un pueblo que soñaba con ser libre y soberano, en un barrio donde la música era el pan de cada día. Allí descubrió que quería ser músico y, veinte años después, ya era un cantante profesional. Siempre quiso ser algo más que un bolerista y por eso decidió usar su voz como un instrumento de cambio social. Hoy, celebrando sus cincuenta años de carrera artística y 71 de edad recién cumplidos, el gran cantautor nos habla de esos tiempos en que los artistas soñaban con un mundo mejor y lo construían por medio del arte.

Estás cumpliendo cincuenta años de carrera artística. ¿Qué se siente haber dedicado tantos años de tu vida a la música?

Ha sido un gran ensayo, un ensayo largo de cincuenta años para poder estar presente, para poder estar aquí ahora. Y las experiencias que forman parte de ese ensayo de lo que uno aprende durante ese proceso, si es que uno aprende algo hay que ponerlas al servicio del presente, del momento, para seguir evolucionando hasta que Dios quiera. Hay que ser consciente de que esto es un continuo aprendizaje.

Y en tu caso, ¿qué has aprendido?

He aprendido a aprender y saber qué momento es propicio para dejarse llevar. Que todos somos maestros y todos somos estudiantes.

Con tantos años de carrera, me gustaría tener tu mirada de cuánto ha cambiado el oficio de la música en estos cincuenta años.

Depende de cómo lo veamos. Si es solo desde la dimensión comercial musical, ha variado bastante. Antes la imaginación estaba sola, era la que buscaba su historia y su lenguaje. Ahora los muchachos necesitan una pantalla, que también les dicta un lenguaje. Nosotros antes lo íbamos a buscar debajo de un árbol o en una playa, con una jeva bien bonita. El contacto era directo, real. Ahora hay mucho gadget, ¿no? Que también crean una nueva personalidad en el sujeto. Entonces, eso trae cambios en la manera de componer una canción y cuál es su propósito. Antes posiblemente se hacía una canción porque alguien necesitaba sacar ese arte de la sonoridad que llevaba por dentro y escribir una historia. Ahora uno escribe una canción pensando en que, si la pego, quizá me hago millonario. Hay un comercio que interviene en el arte y el arte se convierte en un híbrido, no tanto como arte sino como un vehículo para enriquecerse, cuando antes el arte era lo rico, lo que enriquecía al ser humano.

¿Y cómo has manejado eso en tu calidad de artista que ya tiene una voz y algo qué decir?

Yo he tratado de que no me afecte tanto, sin ser chauvinista y creérmelo todo. Y ver la fama en el lugar donde debe estar, no tomármela tan en serio. Porque la fama hoy está y mañana no.

¿Pero has sentido la obligación de actualizarte y crear un sonido nuevo?

De actualizarme en mis principios y ver cómo, desde ahí, yo puedo usar la metodología que se usa hoy día y que yo antes no conocía. Yo vengo de otro sonido y de pronto me doy cuenta de que estoy en el siglo XXI y tengo que adaptarme a ese mundo nuevo, el mundo de la cibernética. Y he aprendido a ajustarme.

Fue increíble verte interpretando en vivo con tal energía y entrega. ¿Cómo haces para mantener esa llama viva luego de cincuenta años de carrera y 71 de vida?

Porque cada día es un día nuevo. Cuando el cansancio me agobia, digo: “Pues bienvenido el cansancio”, y me lo gozo. Pero no dejo que drene toda la capacidad que tengo mientras estoy vivo. Porque mientras estamos vivos, significa que hay tiempo y espacio para degustarlo, para trabajar en él. Pero es natural, también somos así; estamos hechos de sentimientos. Lo que yo hago es que me doy mis propias sanaciones. Uno va aprendiendo, por los libros, los encuentros, que hay una capacidad impresionante en el ser humano de regenerar todo continuamente: su estado de tiempo y espacio.

Quizás eres más conocido como baladista. Pero siempre has tenido una voz clara de protesta, una voz de cambio. ¿Cómo nace en ti esa inquietud política?

Yo nací en un país donde eso está a flor de piel, por el problema político de la colonia. Crecí en un barrio donde me hablaban de los patriotas; así que desde niño me interesé y quise averiguar. Luego de convertirme en cantor profesional y viajar, me encontré con corrientes musicales que declaraban el estado de inconformidad que tienen las personas, que lo sienten y expresan con una canción. Y eso me gustó. No me gusta solamente cantarle al amor y al encuentro entre un hombre y una mujer por la pasión, que es maravilloso, sino que hay otras formas de expresar sentimientos como la inconformidad social, la injusticia… También me gustó la lectura, que ayuda a desarrollar y darse cuenta de que hay otras dimensiones del arte. Entonces sí, siempre a uno lo catalogan como un baladista. Yo prefiero decir que soy, humildemente, un artista del canto. Porque hay muchos géneros musicales en los que uno se involucra y muchas formas de canto.

¿Sientes que los artistas han perdido esa inquietud?

Cada cual ha tomado un rumbo de acuerdo con esta etapa. Esta etapa tiene una oferta para la gente nueva, que es la oferta del confort individualista. Eso de pensar filosóficamente sobre lo colectivo a través de tu arte, como que se está perdiendo. Sin embargo, hay artistas en Latinoamérica que lo están haciendo. Hay un núcleo que está comenzando. Muy parecido a lo que pasó en los años 60 y 70, pero con otras características. Porque los chicos ahora tienen un celular, nosotros antes no teníamos eso. Solo lápiz o pluma y un papel y lo que queríamos decir. Pero los muchachos que tienen conciencia colectiva y quieren hacer colectivo su arte, tienen ahora unas herramientas poderosas con las que pueden distribuir más directo ese mensaje. Y esas herramientas no las teníamos nosotros.

Esa necesidad de defender tus ideas te ha llevado incluso a estar preso, por manifestar tu nacionalismo en Puerto Rico. Me gustaría que hablaras un poco de esa experiencia.

Ese fue un momento de Puerto Rico en el que, como dicen, llegó el día en que volvimos a ser gente. El día en que hubo una idea colectiva que llevó al pueblo a denunciar algo que era injusto, que era la invasión de la isla de Vieques durante cincuenta o sesenta años para realizar ejercicios bélicos. El pueblo de Vieques estaba sufriendo. Y nosotros estuvimos durante muchos años denunciando, hasta que un día pasó un suceso muy lamentable, que ya habían pasado muchos pero nunca salían a la luz pública, porque la prensa nunca lo quiso reseñar, y es que mataron a un puertorriqueño de un disparo en una de estas prácticas militares. Puerto Rico se tiró a la calle, todas las organizaciones de derechos civiles y humanos salieron a buscar apoyo internacional y se formó esto que se llamó la lucha del pueblo por la liberación de Vieques. Y para eso había que hacer unas actividades que eran un tanto arriesgadas, que era practicar la desobediencia civil pacífica. Y era entrar a los terrenos para detener las prácticas. Eso se hizo por mucho tiempo y por muchos años. Y en uno de esos momentos, de varias veces que yo entré, fui apresado. De ahí escribí un libro.

Enamorado de la paz… ¿Era un diario, no? De tus días en la cárcel.

Era un diario, sí, para escribir todo. Era parte del método para sobrellevarlo, porque yo nunca había vivido esa experiencia. Y la experiencia de estar preso es terrible. Entonces un gran amigo mío, nacionalista, que estuvo preso ocho años en Estados Unidos, me dijo: “Danny, ponte a escribir apenas llegues”. Es parte del ejercicio, porque lo que intentan todo el tiempo es dañar tu mente, que tú salgas de ahí dañado.

¿Tuviste miedo?

Tuve terror. Lo bueno fue que pude vencer los miedos escribiendo y meditando. Afortunadamente, yo llevo una disciplina de meditación desde hace muchos años y eso me sirvió mucho. Y cantaba todas las mañanas. Desde que salía de mi celda, le cantaba a todo el mundo una canción. Era parte de la alegría que había que sacar de donde fuera, porque ese encierro estaba muy fuerte.

También fuiste parte de Paz Sin Fronteras, ese concierto emblemático en la Plaza de la Revolución de Cuba. ¿Cómo fue esa experiencia?

Algo único. Ese fue un punto en la historia del movimiento de la canción y en el desarrollo de lo que está pasando con respecto a Cuba, en el que todo el mundo llegó diciendo: “Caramba, pero esto no es tan malo como me habían dicho. A mí me habían dicho que aquí se comían a los niños crudos” (risas). Y nos encontramos con un pueblo disciplinado, un millón de personas recibiendo a los artistas con un gran cariño. Como pasó en Woodstock, que era una alegría de vivir y gozarse la vida. Aquello fue una muestra de que Cuba se empezaba a abrir al mundo y el mundo a Cuba, como había dicho el Papa. Fue un punto bien importante en la historia de Latinoamérica, para mí. Un hito. Y de ahí en adelante, mira todas las cosas que han pasado. Cada episodio era parte del proceso para lo que hoy está viviendo Cuba.

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