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La Patagonia

La Patagonia de lago en lago

Por Ximena de la Pava 
Fotos: Demian Colman 

Cumplir un sueño de adolescencia: recorrer la Patagonia por carretera hasta llegar a ese rincón donde los Andes se funden con lagos de origen glaciar. Casi tres mil kilómetros de asfalto, desierto y viento para conocer uno de los paisajes más sobrecogedores de Sudamérica, donde el viaje importa tanto como el destino. 

La Patagonia de lago en lago
La Patagonia. Cascada de los Duendes

Rumbo al sur: las primeras señales de la Patagonia

Hay viajes que comienzan cuando el avión aterriza. O cuando parte el tren. Este empieza en el instante mismo en que cerramos la puerta de nuestra casa en Buenos Aires y ponemos rumbo al sur. Mientras la ciudad queda atrás, la Patagonia comienza a insinuarse con discreción. Primero aparecen las interminables llanuras de la pampa, donde los girasoles se alternan con sembradíos de soya. Luego surgen los flamencos rosados, inmóviles sobre lagunas silenciosas, como si siempre hubieran pertenecido a ese paraje. Más adelante desfilan los gauchos sobre sus caballos, diminutos bajo un cielo inmenso. Finalmente llega el viento: seco, persistente e inconfundible, anunciando que estamos entrando en la Patagonia. 

Hay viajes que comienzan mucho antes de llegar al destino

Poco a poco, el verde fértil desaparece y da paso a una geografía áspera, ocre y silenciosa. Los cultivos ceden su lugar a matorrales resistentes; los árboles desaparecen y la inmensidad se convierte en la verdadera protagonista. Es el desierto patagónico, un territorio por el que alguna vez caminaron dinosaurios gigantes y donde aún parecen resonar las historias de los pueblos originarios que habitaron estas tierras mucho antes de la llegada de los colonos.

Pero, después de recorrer unos 1.500 kilómetros, algo cambia. El río Negro rompe la monotonía del paisaje con una pincelada turquesa. Poco después, las primeras siluetas azuladas de la cordillera comienzan a dibujarse en el horizonte. Y entonces aparece la Ruta 40.

La Patagonia de lago en lago
La Patagonia. Cascada Ñivinco
La Patagonia de lago en lago
El Lago Nahuel Huapi anuncia la llegada a los andes patagónicos. Muy pronto aparecen las típicas construcciones de Bariloche.

Ruta 40: cada curva, una nueva postal

Para los argentinos, recorrerla significa mucho más que conducir por una carretera. Es atravesar la columna vertebral del país. Sus más de 5.000 kilómetros enlazan desiertos, viñedos, quebradas, lagos y glaciares. Aunque solo recorreremos un pequeño tramo, poner las ruedas sobre su asfalto basta para sentir que formamos parte de una historia mucho más grande que nuestro propio viaje. 

La carretera comienza pronto a bordear el lago Nahuel Huapi. El tono azul acerado de sus aguas cambia rítmicamente con el paso de las nubes, mientras bosques de cipreses y coihues trepan por las laderas hasta encontrarse con cumbres que todavía conservan restos de nieve. Cada curva revela una nueva postal. Y así llegamos a San Carlos de Bariloche, la puerta de entrada a la Patagonia andina y, para muchos, una de las ciudades más bellas de Argentina. 

Donde la montaña huele a chocolate 

Bariloche se despliega entre montañas, bosques y lagos de origen glaciar. Sus edificios de piedra y madera evocan antiguos pueblos alpinos, mientras el aire frío transporta un aroma inconfundible: chocolate recién elaborado. 

No es casualidad. Aquí funcionan algunas de las chocolaterías artesanales más prestigiosas del país, cuyos escaparates convierten la calle Mitre en una tentación permanente. 

Sin embargo, la verdadera esencia de Bariloche se encuentra unos kilómetros más arriba, donde la montaña domina el paisaje. A solo 17 kilómetros del centro se alza el cerro Campanario, considerado uno de los mejores miradores naturales de la Patagonia. 

La Patagonia de lago en lago

Arriba, el paisaje impone silencio: solo queda observar, respirar y admirar.

La Patagonia de lago en lago

Bariloche desde las alturas

La telesilla asciende lentamente entre lengas y cipreses hasta la cima. Con cada metro ganado el aire se vuelve más limpio y más frío. Ya arriba, el paisaje impone silencio: un extraordinario mosaico de lagos, penínsulas, bosques y montañas se despliega ante los ojos. Solo queda observar, respirar, admirar. 

Descendemos. La carretera serpentea entre bosques de coihues y cipreses siguiendo el famoso Circuito Chico. La siguiente parada es el legendario Hotel Llao Llao, probablemente el edificio más emblemático de la Patagonia argentina. Construido en piedra y madera, y abrazado por los cerros López, Capilla y Tronador, parece surgir de forma natural entre el bosque.

Muy cerca, un sendero conduce a un bosque de arrayanes. Sus troncos color canela, lisos como porcelana, contrastan con el verde intenso del follaje y crean una atmósfera casi irreal. Luego está la Colonia Suiza, un pequeño pueblo de casas de madera, jardines rebosantes de flores y un ritmo pausado en sus calles. Vale la pena recorrer sus talleres artesanales y sentarse en alguno de sus restaurantes para descubrir que las tradiciones centroeuropeas encontraron hogar en los Andes. 

Cuando termina el Circuito Chico, Bariloche todavía guarda otra de sus grandes cartas: el cerro Catedral, la estación de esquí más importante del hemisferio sur y uno de los grandes símbolos del turismo argentino. Sus más de 1.200 hectáreas esquiables y una moderna red de telecabinas, aerosillas y medios de elevación permiten explorar un inmenso dominio blanco que parece no tener fin.

La Patagonia de lago en lago
Cerro Catedral
La Patagonia de lago en lago
El emblemático cerro Campanario, tanto como el hotel Llao Llao, son protagonistas del Circuito Chico, un recorrido de 60 kilómetros en torno a Bariloche donde también está la Colonia Suiza y puede visitarse un bosque de arrayanes.

Pero el cerro Catedral no pertenece únicamente al invierno. Cuando la nieve desaparece, las montañas se cubren de flores silvestres, los arroyos descienden con fuerza y los excursionistas sustituyen a los esquiadores. Desde las estaciones superiores parten senderos que atraviesan filos rocosos, pequeñas lagunas de origen glaciar y miradores desde los que la cordillera parece extenderse hasta el infinito.

Cuando la nieve desaparece, la montaña revela nuevos caminos.

La ruta de los 7 lagos

Al caer la tarde dejamos atrás Bariloche mientras el Nahue Huapi adquiere reflejos plateados y las montañas proyectan largas sombras sobre una superficie casi inmóvil. La carretera asciende suavemente entre bosques hasta llegar a Villa la Angostura, un pequeño pueblo de montaña, de construcciones de piedra y madera, techos inclinados y jardines cuidadosamente mantenidos. 

Al caer la noche, el aire huele a madera húmeda y a chimeneas recién encendidas. El día siguiente nos espera uno de los recorridos escénicos más célebres de Sudamérica: La Ruta de los Siete Lagos, una carretera que es el destino mismo. Sus apenas 110 kilómetros, entre Villa La Angostura y San Martín de los Andes, atraviesan algunos de los paisajes más espectaculares de la Patagonia argentina: bosques centenarios, lagos azul índigo o azul cobalto de origen glaciar, playas de arena clara y montañas nevadas.

La Patagonia de lago en lago
La Patagonia de lago en lago
Senderos por entre el bosque, como el que lleva a La Cascada Ñivinco, y los miradores a los Lagos, como esté que se asoma al Lago Espejo, caracterizan la ruta de los Siete Lagos.

Iniciamos en uno de los lugares más singulares de la Patagonia: el río Correntoso. Con apenas 300 metros de longitud, está considerado uno de los ríos más cortos del mundo. Sus aguas cristalinas unen el lago Correntoso con el inmenso Nahuel Huapi a través de una corriente de un azul tan intenso que parece iluminada desde el fondo. 

Descendemos hasta la orilla y permanecemos allí un buen rato, en silencio. No hace falta hacer nada. Basta con escuchar el rumor del agua y dejar que la Patagonia marque el ritmo del viaje. 

Pocos kilómetros después aparece el lago Espejo. Su nombre no podría ser más apropiado. La playa, amplia y de arena clara, invita a detener el automóvil. En verano, familias enteras aprovechan sus aguas sorprendentemente templadas para nadar, remar en kayak o descansar bajo la sombra de los coihues.

Entre bosques ocultos y cascadas

En otoño, el silencio vuelve a adueñarse del lugar mientras el bosque se tiñe de amarillos y cobres que parecen incendiar la montaña. 

La siguiente parada apenas se anuncia desde la carretera. Un sendero corto desciende entre helechos gigantes, cañas colihues y lengas hasta revelar el lago Escondido, uno de los más pequeños del recorrido. Su nombre resume perfectamente la experiencia: aparece de improviso, oculto entre la vegetación. 

Muy cerca nace otro sendero que conduce a las cascadas Ñivinco. El recorrido atraviesa un bosque húmedo donde el canto de las aves acompaña cada paso. El agua desciende entre grandes bloques de roca volcánica formando pequeñas piscinas naturales de un intenso color verde. Incluso en temporada alta, el lugar conserva una sorprendente sensación de intimidad. 

La Patagonia de lago en lago
Las montañas del Parque Nacional Lanín envuelven el lago Lácar, mientras su extensa playa enmarca a San Martín de los Andes.
Lago Lácar

Un picnic frente al azul patagónico 

Cada viajero termina encontrando su lago favorito. El nuestro fue ell ago  Falkner. Su amplia playa, de arena clara y aguas transparentes, parece hecha para detener el tiempo. Bajamos la mesa plegable, armamos las sillas y organizamos un picnic mientras pequeñas olas rompían suavemente contra la orilla. 

No hay restaurante con mejores vistas. Solo el rumor del agua, el viento atravesando el bosque y las montañas reflejadas sobre el lago. Al otro lado de la carretera yace el lago Villarino. Aunque parecen gemelos, son diferentes. Mientras el Falkner cautiva por la amplitud de su playa, el Villarino sorprende por el intenso color de sus aguas.

La Patagonia desde sus miradores

La carretera continúa ascendiendo hasta el mirador del lago Machónico. Desde allí, la Patagonia se despliega como un inmenso mapa natural. El lago serpentea entre montañas cubiertas de bosques y se pierde en la distancia siguiendo el trazado que dejaron los antiguos glaciares hace miles de años. 

Pronto alcanzamos el mirador Pil Pil. Desde allí, el viaje parece resumirse en una sola imagen. El lago Lácar extendido como una lámina azul, las embarcaciones plagadas de aventureros dejando surcos a su paso y las montañas del Parque Nacional Lanín cerrando el paisaje. A un costado, la playa Catritre, donde familias enteras disfrutan del verano como si estuvieran frente al mar. Y atrás, los tejados de madera de San Martín de los Andes, abrazados por la cordillera. 

Cascada Ñivinco
Guanacos

Pocas ciudades han logrado integrarse con tanta naturalidad a su entorno. Sus calles invitan a caminar sin rumbo entre pequeñas librerías, cafés donde el tiempo parece detenerse, chocolaterías artesanales y restaurantes que reinterpretan la cocina patagónica a partir de productos locales: cordero, ciervo, truchas de los lagos, hongos silvestres y frutos del bosque. 

No siempre el mejor recuerdo de un viaje es el lugar más espectacular, a veces es aquel capaz de regalarnos ese instante inesperado que permanece en la mente mucho después del regreso. 

En nuestro caso, pudo ser el reflejo perfecto de las montañas sobre el lago Espejo, el azul imposible del río Correntoso, o la quietud de un picnic frente al lago Falkner. O mejor, la sucesión de paisajes insólitos, uno detrás de otro. 

A nuestro regreso, la Ruta 40 nos dirige de nuevo hacia el desierto mientras la cordillera va desapareciendo del retrovisor. Debemos desandar los 1.500 kilómetros para volver a casa. Sin embargo, algo ha cambiado. Porque hay viajes que terminan cuando uno regresa. Y otros que continúan acompañándonos mucho después de haber llegado.

Cerro Catedral

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