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Agroturismo en el fondo del mundo

Por  Mónica del Pilar Uribe Marín
Fotos: Demian Colman

En Barbados existe una región montañosa, pintoresca y poco poblada que alberga la mayoría de rasgos geológicos, geográficos y culturales de este país de la América insular. Sin embargo, a diferencia de la isla, donde el coral cubre sus flancos, este territorio está formado cardinalmente por rocas volcánicas; algo curioso teniendo en cuenta que en Barbados no hay volcanes. Además, allí está el Mount Hillaby, la elevación más alta de Barbados, a 340 metros sobre el nivel del mar.

Esa región se llama Scotland District y descansa sobre un extenso fragmento de cordillera que yace bajo el mar. Queda al norte de la isla, en la parroquia de Saint Andrew, y es una de las partes más intactas de la isla, lo cual se evidencia en su exuberante vegetación, la selva, los tupidos follajes de los árboles y una fauna variada, en la que los monos verdes han hecho leyenda.

Tiene, dicen, forma de cuenco, un cuenco donde se aloja la estructura montañosa de Barbados, sus áreas selváticas, pero también las erosionadas y con deslizamientos de tierra. Quizá por ello en Scotland District no residen muchos habitantes y la agricultura no forma parte de sus actividades prioritarias o primigenias.

Es justo en ese territorio donde se adelanta un proyecto definitivo e importante para Barbados, pues impulsa la permacultura, la agricultura regenerativa y el agroturismo. Surgió no solo por inspiración local, sino también por necesidad, ya que sus artífices buscan impulsar la autosostenibilidad y seguridad alimentaria, pues aunque Barbados es uno de los países más ricos del Caribe, paradójicamente, importa más del 90% de sus alimentos.

Esto es un poco difícil de entender, porque uno de los aspectos que asombran al llegar a la isla es su gran variedad de frutas, vegetales y verduras frescas, así como sus amplias extensiones de tierra, donde uno imagina que existen todas las condiciones para ejercer la agricultura; pero no es así, porque el turismo y los negocios se han tomado a Barbados. No obstante, hay quienes se han propuesto mostrar que pueden ser una nación autónomamente próspera y productora de comida. Por eso, desde 2013 se estableció allí la reserva Coco Hill Forest, un lugar de acción agroecológica realizada sobre 21.448 hectáreas y que con el tiempo ha abierto sus puertas a los visitantes locales y foráneos.

Coco Hill es producto, fundamentalmente, del trabajo de Mamod Partel y Romanus Clement, residentes de la isla y conocedores, por ejercicio, de la práctica agroecológica. El asunto no ha sido fácil, porque la topografía tampoco lo es, además han debido financiarse por su cuenta y la mentalidad de los lugareños gira en otro sentido, según nos contó Romanus, quien esa mañana nos llevó por el repositorio natural de flora tropical.

Eran las diez y media y en esa parte de la isla el día apenas comenzaba. Mientras lo esperábamos, contemplamos el primer entorno del bosque, algunas gallinas merodeando en el lugar, un gato, algunos pájaros y un par de edificaciones para guardar maquinaria y elementos de uso diario. También vimos árboles de diversos tamaños y grosores, entre ellos el árbol de pan, muy popular en Barbados porque su fruto se puede asar, fritar, hacer en puré y hasta convertir en gluten.

De pronto lo vimos llegar. El típico isleño, sonriente, de unos cuarenta años y un humor rápido que pudimos gozar durante el recorrido. Se disculpó varias veces por llegar tarde, tomó un mango fresco del lugar, pues era su desayuno, y nos instó a seguirlo…

Comprendimos pronto que Romanus era el brazo derecho de Mamod Partel —el dueño de aquel lugar— en lo que se refiere a hacer realidad la visión de Partel: la de permacultura, “un sistema de principios de diseño agrícola y social, político y económico basado en los patrones y características del ecosistema natural”.

La caminata empezó hacia arriba, por un camino amable porque la arcilla y las piedras apisonadas permiten firmeza al caminar, y porque el follaje de los árboles concede la sombra necesaria. Un recorrido muy original, donde la belleza de la selva, con todos sus colores y sonidos, está presente todo el tiempo.

Romanus nos mostró y describió los árboles. Allí hay palmas de coco, hierbas y verduras, que fue lo primero que se propusieron sembrar para ofrecerlo dentro del menú que tienen en el café de Partel, donde también sirven mermeladas de plátano, jengibre, piña y otras frutas, que ellos preparan.

También se ven árboles de bambú, helechos, arbustos medicinales, caña de azúcar, limonares, palmas reales… todo un espectáculo de bienvenida a los turistas que oyen, por boca de Romanus o Mamod, detalles del lugar y de cómo allí se trata de mostrar que “somos lo que sembramos”.

Recorriendo esa montaña se advierte el énfasis en lo agroforestal: viveros, camas de cultivo y un invernadero son prueba de que allí plantan y cosechan pensando en el futuro. De allí se sigue al mirador Mound, Mango Walk y los 101 escalones que uno abandona para pasar luego a Terrace Hill, Pineapple y Ginger Road. En el mirador, Romanus nos habla de Coco Hill Forest y su entorno primero: Scotland District. Nos habla de la permacultura y de la importancia de manejar los suelos erosionados, algo que hace mucho aprendieron, que consiste en hacer terrazas para detener la erosión, un problema que afecta a casi todo el distrito. Así, mediante la agricultura regenerativa que practican, hoy poseen frutas tropicales, árboles y plantas medicinales, además de hierbas de aliño que se habían perdido y formaban parte de la historia agrícola de la isla.

Ha sido complicado, no solo porque la geología del lugar no es fácil, sino también por el clima, no siempre favorable, y por los enemigos naturales, paradójicamente aquellos que los turistas buscan: los monos verdes. Dice Romanus que, si bien son criaturas de gran belleza e inteligencia, su población se ha multiplicado y suelen sabotear el trabajo de cultivo comiéndose lo que hay… Desde luego, han aprendido a vivir con ellos y a entenderlos.

Llegamos a una explanada donde se hacen sesiones de yoga, y nos habla del sendero de terapia verde, al sur de la colina, que resulta particularmente atractivo, pues se halla entre plantas de bambú, frondosos helechos, árboles de palma y frutales.

Coco Hill es lo que se denomina una granja integral, pues no solo siembran y reciclan, sino que utilizan fertilizantes derivados de los residuos de animales de la granja, caballos o gallinas, o con los residuos de hojas y cáscaras de coco; estas últimas las muelen para hacer compost. Y todo ese trabajo lo comparten con los visitantes que se quedan a vivir y experimentar esa forma de vida, y con los turistas, porque allí realmente pasa algo que le está cambiando el futuro a Barbados. Ellos, al haber creado un depósito de plantas y árboles de la isla, combatir la erosión y aplicar formas de cultivo ancestrales, están trabajando por una verdadera seguridad alimentaria.

Por eso el agroturismo que practican allí adquiere sentido. El tiempo que se comparte con Romanus y Mamod no solo es tiempo inmerso entre los ruidos de las aves y el crujir de las ramas, sino también en el redescubrimiento de técnicas ancestrales. Coco Hill ha nacido para quedarse; debe quedarse.

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