BitácoraJulia Mayo: La arqueóloga de Panamá
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Julia Mayo: La arqueóloga de Panamá

Por Marcela Gómez 
Fotos: Javier Pinzón 

Más que evidencia científica, fueron la intuición, la persistencia y el rigor de una mujer colonense los que permitieron revelar al mundo la existencia de una antigua civilización enterrada bajo las llanuras de Coclé.

Julia Mayo Arqueologa
Julia Mayo sostiene un pectoral de oro martillado con la imagen de un murciélago antropomorfo y cocodrilos.

Julia Mayo: entre la ciencia y la intuición

Hay científicos que siguen caminos trazados y otros que aprenden a leer lo invisible. Julia Mayo pertenece, sin duda, a estos últimos. Arqueóloga de rigor meticuloso y mirada intuitiva, su trabajo combina una rara mezcla de disciplina científica, audacia intelectual y una perseverancia casi obstinada. Formada entre Panamá y España, y marcada desde niña por relatos donde la leyenda y la historia se entrelazaban, ha construido una carrera que no solo interpreta el pasado, sino que lo desentierra contra toda incertidumbre. 

Como persona, Mayo se revela sobria, concentrada, poco dada al protagonismo y profundamente comprometida con su trabajo. Hay en ella una curiosidad antigua, de esas que no se conforman con respuestas parciales, y una capacidad poco común para sostener preguntas durante años sin perder el rumbo. Como científica, es rigurosa hasta el detalle, pero también capaz de arriesgar hipótesis donde otros solo verían vacío. Esa combinación —precisión y audacia— es, probablemente, una de sus mayores fortalezas. 

El Caño y la disciplina de creer en una intuición

Emprender una investigación como la de El Caño, con escasos antecedentes y pocas certezas iniciales, exige algo más que conocimiento técnico. Requiere intuición para reconocer patrones donde no son evidentes; paciencia para excavar durante años sin resultados concluyentes; y una confianza firme en el propio criterio cuando la evidencia aún no ha aparecido. Exige también resistencia —física, intelectual y emocional— para sostener la duda, gestionar la frustración y seguir adelante. 

Pero, sobre todo, demanda una forma particular de imaginación: no la que inventa, sino la que conecta. La que permite ver, en unos monolitos dispersos, la posibilidad de un sistema funerario complejo; la que se atreve a pensar que, bajo capas de tierra aparentemente estériles, puede ocultarse una historia intacta.

Equipo de Julia Mayo T3
Foto tomada al equipo de Julia Mayo el pasado 6 de marzo, día en que terminaron los trabajos de la jornada 2026 en la T3.

La arqueología panameña todavía guarda historias capaces de cambiar la manera en que entendemos el istmo.

Panamá excavación El Caño

Cuando los mitos ocultan verdades 

Ese modo de mirar —entre la intuición y el método— tiene raíces profundas. Julia Mayo nació en la ciudad de Colón, Panamá, el 21 de noviembre de 1972, en una familia marcada por la migración. Hija de madre colonense, descendiente de catalanes, y de padre gallego que migró a América para trabajar primero en Brasil y luego en Panamá, creció entre relatos de ida y vuelta, entre geografías distintas y memorias superpuestas. 

Tras el regreso familiar a España en 1976, se instaló en O Barco de Valdeorras, donde surgió su primera fascinación por lo oculto bajo la tierra. “Mi primer interés por la arqueología surgió a partir de los relatos populares sobre las llamadas cuevas de moros”, recuerda. Aquellas historias, cargadas de misterio, hablaban de tesoros y peligros, pero también de ausencias. Con el tiempo comprendería que esas cuevas eran, en realidad, antiguas minas romanas. Ese cruce entre mito y evidencia no solo despertó su curiosidad: le enseñó que la memoria colectiva, incluso cuando fabula, suele señalar hacia una verdad más profunda.

Formación, método y pensamiento crítico

En compañía de su hermano Carlos, viajó a la Universidad de Santiago de Compostela, donde ambos estudiaron Geografía e Historia. Julia se especializó luego en Antropología Americana en la Universidad Complutense de Madrid, mientras Carlos lo hizo en Historia del Arte, también en Santiago. Fueron años decisivos, no solo por los conocimientos adquiridos, sino por los encuentros que moldearon su manera de pensar. De Pepa Rei, su profesora de Arqueología en el primer año de carrera, dice: “Fue quien me enseñó la importancia fundamental de la clasificación y el rigor metodológico en el trabajo arqueológico”. En el segundo año descubrió su interés por la historia americana gracias a las clases de Pilar Cagiao. Más adelante, su directora de tesis, Mercedes Guinea, consolidaría su perfil como investigadora, afinando esa combinación entre disciplina y pensamiento crítico. 

Objetos arqueológicos encontrados
Arqueología Panameña

Aterrizaje en Panamá 

El punto de inflexión llegó en 2004, cuando obtuvo una beca posdoctoral en el Smithsonian Tropical Research Institute. Su propuesta la llevó a explorar las cuencas de los ríos Grande y Coclé del Sur, en Panamá, acompañada por su hermano Carlos. Fue entonces cuando el sitio de El Caño dejó de ser un lugar apenas conocido para convertirse en una intuición persistente.
Lo había visitado por primera vez en 2001, pero algo en ese paisaje había quedado resonando. “Desde ese primer momento tuve la sensación de estar ante un lugar excepcional”, afirma. Los alineamientos de columnas basálticas, inusuales en la región, sugerían una lógica que no terminaba de explicarse. Allí comenzó a gestarse una hipótesis: que bajo ese terreno podía existir un cementerio de élite comparable al de Sitio Conte.
 

Las excavaciones en Sitio Conte representan uno de los capítulos más significativos de la arqueología del istmo centroamericano; sin embargo, los objetos hallados se encuentran dispersos en diferentes instituciones de Estados Unidos y carecen de contextualización arqueológica. 

El hallazgo que cambió la historia de El Caño.

Sostener esa idea no fue sencillo. Las primeras excavaciones, iniciadas en 2008 con el apoyo de fondos de National Geographic y de SENACYT, parecían contradecirla. Solo aparecían capas de relleno: depósitos que ocultaban más de lo que revelaban. El tiempo avanzaba y la evidencia no llegaba. “La incertidumbre era grande… comenzábamos a temer que aquel año tampoco sería decisivo”. 

Sin embargo, la persistencia —esa forma de fe científica— terminó por abrir una grieta en la duda. “Casi al final de la temporada de 2009, al limpiar cuidadosamente un sector, apareció la parte superior del borde de la tumba T2 y, junto a él, una pequeña ofrenda colocada en la zona más alta de la fosa, muy próxima a su boca. Aquel instante fue, sin duda, un auténtico momento eureka”. 

Objetos arqueológicos encontrados 2

Lo que siguió fue una confirmación que no solo validaba una hipótesis, sino que transformaba el mapa arqueológico del istmo. “Fue una mezcla de alivio, asombro y profunda satisfacción”, recuerda. El Caño había dejado de ser una intuición para convertirse en certeza. 

Panama- El Caño

La historia del istmo cambió 

Las excavaciones posteriores revelaron un gran cementerio precolombino, con tumbas ricamente provistas y una compleja organización social detrás de ellas. Pero, más allá de la riqueza material, lo que comenzó a emerger fue una estructura de poder distinta a la que tradicionalmente se imagina. “No se trataba de reinos gobernados por reyes, ni de estados sostenidos por ejércitos”, explica, sino de sociedades organizadas en torno al linaje, el consenso y el ritual. 

En ese mundo, el oro tenía un valor que trascendía lo material. “Era, ante todo, un marcador simbólico de estatus”. Enterrarlo no era un acto de acumulación, sino de renuncia: una manera de trasladar el poder al ámbito ritual. Más aún, el verdadero eje de esa organización no era el metal, sino la tierra. “Más importante que el oro… el recurso clave era la tierra”. El control de las fértiles llanuras del río Grande garantizaba la estabilidad, la producción y, en última instancia, la supervivencia. 

La civilización que todavía guarda secretos bajo tierra

El Caño, así, no solo revela objetos: revela una forma de entender el mundo. Un sistema en el que el poder se legitima a través del cuidado del territorio y la continuidad del linaje, y donde la muerte no interrumpe los vínculos, sino que los prolonga. 

“Lo que más me impresiona… es lo que el ritual funerario revela sobre la magnitud del compromiso social”, dice Mayo. Los entierros múltiples, en los que otros individuos acompañan al líder en la muerte, hablan de una sociedad donde la pertenencia supera la individualidad, donde el vínculo colectivo se proyecta más allá de la vida. 

A pesar de los avances, la investigación sigue abierta. El mayor misterio persiste: dónde vivían estas poblaciones. Para responderlo, Mayo prepara nuevas exploraciones con tecnología LiDAR en el valle del río Grande, buscando ahora lo que no se ve en superficie, como tantas veces antes. 

Objetos arqueológicos encontrados por Julia Mayo
Objetos arqueológicos

Porque, si algo define su trayectoria, es esa capacidad de insistir donde no hay evidencia inmediata, de sostener una pregunta hasta que el terreno —literalmente— responda. Una forma de trabajo que es, también, una forma de estar en el mundo. 

Y quizá por eso, cuando se le pregunta qué significa El Caño para ella, no recurre a explicaciones largas ni a conceptos técnicos. Su respuesta es directa, casi inevitable: 

“No pienso en otra cosa”

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