Voces de un Territorio
- julio 15, 2026
Por Margarita de los Ríos
Fotos: Javier A. Pinzón
Entre cascadas envueltas en bruma y montañas cargadas de historias, Chiguirí Arriba revela un mosaico de personajes que transforman la naturaleza en oportunidades. Turismo sostenible, conservación y tradiciones se entrelazan en este rincón coclesano donde cada sendero conduce a una historia de resiliencia y esperanza.
Mientras descanso en la hamaca del balcón de mi habitación en Villa Tavidá, observo cómo la bruma juega a dibujar el paisaje. A veces desaparece por completo y regala una vista limpia de la cascada; otras, caprichosa, traza brochazos blancos sobre el verde intenso del bosque. En cualquier momento, la artista da por terminado el espectáculo y baja el telón, cubriéndolo todo con una cortina espesa.
La bruma no puede ocultar, sin embargo, el rumor del agua precipitándose en caída libre. Cierro los ojos y, guiado por ese estruendo constante, imagino el salto que surge de la montaña y se lanza apresurado entre el bosque.
La escena se repite una y otra vez en Chiguirí Arriba, un territorio tan cercano a la capital —143 kilómetros— y, al mismo tiempo, tan remoto en ritmo, en esencia y en sentido, que parece otro universo. Llegamos hasta aquí en busca de personajes legendarios que fueron apareciendo en relatos recogidos a lo largo del país. Y los encontramos a todos reunidos alrededor de un mismo fogón, a pocos kilómetros unos de otros. Terminamos caminando por montañas llenas de leyendas y bañándonos en ríos que bajan en saltos o en grandes zancadas, dejando pozos azules a su paso.
DORMIR CON EL ESTRUENDO DE GRILLOS Y DESPERTAR CON LAS GALLINAS.
Esta es la historia de María Romero: esposa, madre, abuela y líder comunitaria. En su casa funcionan el Hostal Don Mene —nombre de su esposo— y la Fonda de Yolanis —su nuera—. También es la historia de Annie Young, líder de la Fundación Panameña de Turismo Sostenible (APTSO), quien desde la capital impulsa este tipo de emprendimientos para que las comunidades se beneficien del turismo.
Pero hay personas que brillan por sí mismas, y María es una de ellas. Cuando murió su esposo, heredó una chiva de madera —el tradicional bus de los campos panameños— y continuó el negocio sin temor a conducir por las carreteras serpenteantes de las montañas de Coclé.
Un Lugar Extraordinario
Con el tiempo compró un terreno, construyó su casa y luego añadió una cabaña, después otra y otra más. Sentía que ese paisaje era demasiado hermoso para no compartirlo, y que los visitantes merecían un hospedaje accesible.
Su liderazgo también transformó a la comunidad. Invitó a los niños a leer en su biblioteca y logró atraer a una profesora de artes plásticas para enseñarles a dibujar. Hoy, las casetas de la carretera lucen flores y colibríes pintados, y su casa parece haberse convertido en la casa de todos.
MARIPOSAS QUE TRANSFORMAN VIDAS Y CULTIVOS QUE REGENERAN BOSQUES.
Muy cerca de allí está el mariposario de Samuel Valdés, biólogo de la Universidad de Panamá y entomólogo. Hace años decidió experimentar con la cría de mariposas y creó el Mariposario Cerro La Vieja.
Cuando la pandemia amenazaba con acabar con su sueño, recibió una llamada desde Turquía. La abogada Mariela Sagel, embajadora de Panamá en ese país, había visitado el jardín de mariposas tropicales de Konya —el más grande de Europa— y se sorprendió al no encontrar una sola mariposa panameña.
Convencida de que “Panamá” significa abundancia de mariposas, buscó en internet a alguien que pudiera ayudarla. Encontró a Samuel y, en cuestión de segundos, acordaron enviar una muestra.
Mientras la embajadora gestionaba la parte diplomática en Turquía, “nosotros teníamos que reconstruir nuestra sede y, sobre todo, recomponer el tejido social”, recuerda Samuel.
En diciembre de 2023 realizaron la primera exportación simbólica de pupas. Hoy exportan un promedio de 20.000 pupas al mes y han ampliado el mercado hacia Estados Unidos, Canadá y los Países Bajos, desde donde se redistribuyen al resto de Europa.
Lo más importante, sin embargo, es el impacto comunitario. “Nosotros producimos cerca del 40 %, y el resto lo hacen familias de La Pintada, Coclesito, Olá y Boquete. Son 45 productores, principalmente mujeres campesinas que crían mariposas en sus patios”, explica Valdés.
Cacao Bird Friendly
La demanda mundial de chocolate ha impulsado la siembra industrializada de cacao, provocando la tala de bosques enteros. Para contrarrestarlo, hace 25 años surgió una iniciativa liderada principalmente por la Universidad de Cornell para promover fincas agroforestales, es decir, cultivos sembrados bajo sombra y rodeados de bosque.
Al mismo tiempo, el Instituto Smithsonian creó la certificación Bird Friendly para garantizar que las aves migratorias encuentren espacios adecuados para descansar y alimentarse durante su viaje hacia las zonas tropicales.
Samuel Valdés, el mismo de las mariposas, también se sumó a estas iniciativas. Hoy, su finca Las Hadas cuenta con certificaciones agroforestales de Estados Unidos y la Unión Europea, y es una de las pocas fincas del mundo con el sello Bird Friendly.
El sabor del Cacao
Para lograrlo tuvo que “hacer las cosas bien”: conservar el bosque y permitir su regeneración, mantener al menos un 60 % de árboles nativos con más de diez especies distintas por hectárea, limitar la siembra de cacao a menos del 30 % del área total y controlar las plagas sin pesticidas ni agroquímicos.
El resultado es notable: produce unos 1.200 kilos de cacao al año, mientras que el promedio en otras zonas de Panamá ronda los 200 kilos. Su cacao se transforma localmente en el chocolate Cerro La Vieja, adquirido incluso por el Instituto Smithsonian y disponible en la tienda del Parque Metropolitano de Panamá.
Además, en la finca se han registrado más de 150 especies de aves y 20 mamíferos.
Hotel Alto Monte
El Hotel Alto Monte fue construido alrededor de Cerro La Vieja y parece mirarlo como en homenaje. Allí, los “galanes de la noche” desprenden un aroma especial al atardecer, mientras la flor “Buenos Días” se abre cada mañana hasta el mediodía. Todo está diseñado para estimular los sentidos.
Su dueña, Ameli Ventura, explica que la experiencia comienza con la introspección: ver, sentir, oler y asimilar lo que la tierra ofrece. Luego llegan las terapias externas: baños de lodo, baños energéticos y programas detox. Más tarde, las actividades grupales y las fogatas nocturnas completan la experiencia.
El restaurante también tiene un papel protagónico. Su chef, Jaime Jipsion, eleva la cocina tradicional con propuestas como las croquetas de yuca, una versión gourmet de la clásica carimañola.
El hotel fue reinaugurado recientemente con 18 habitaciones, rodeadas de jardines aromáticos y senderos boscosos. Con la guía adecuada, los visitantes pueden alcanzar la cima del legendario Cerro La Vieja.
Una vida de servicio. Alfonso Jaén.
A sus 82 años, Alfonso Jaén acaba de retirarse y se ha instalado aún más arriba en la montaña, donde ha sembrado innumerables semillas. Frente al monumento a la Pachamama que él mismo construyó, pasa ahora sus días.
Jaén fue el impulsor del primer restaurante que llevó la comida típica panameña a un formato elegante, acompañado de espectáculos folclóricos para turistas: el legendario Las Tinajas.
Formado con los jesuitas de Brasil en la teología de la liberación, abandonó los hábitos con los años, pero nunca su compromiso social. Ha sido una figura clave en el desarrollo de APTSO, en el acompañamiento a María Romero, en el crecimiento del mariposario de Samuel Valdés, del Hotel Alto Monte —cuando se llamaba Cerro La Vieja— y de Villa Tavidá.
Hoy impulsa el proyecto Huertos de Vida, que busca que los campesinos cultiven en sus patios sus propias plantas medicinales. Parece una idea sencilla, pero en realidad se trata de salvar semillas y recuperar prácticas ancestrales que, de otro modo, desaparecerían con las generaciones mayores.
El Regreso
Antes de partir hacemos una parada en la cascada Las Pailas de Monte Arriba, donde el agua desciende en escalones y deja pozos azules a su paso.
Luego toca despedirse. La carretera, sinuosa como una serpiente, desciende rápidamente hacia El Valle de Antón y de allí a la Panamericana. En apenas tres horas volvemos a nuestras rutinas, pero el rugido de la cascada Tavidá y los verdes rizos de las montañas coclesanas seguirán habitando nuestros sentidos mucho después del regreso.
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