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Nadín Ospina: del otro mundo

Por Sol Astrid Giraldo E.

Durante la cuarentena mundial, las ciudades vacías de humanos fueron asaltadas por presencias salvajes. Bajaron de los bosques vecinos y se adueñaron de alamedas y avenidas. Madrid no fue la excepción. Entre estas especies foráneas, sobresalió un engendro de varios metros, que, al igual que aquellos animales, más que invadir recuperaba su lugar. Desde las alturas, y a pesar de sus ojos cerrados, lo miró todo. Hinchado de viento, se dejó llevar sereno por el rumbo apocalíptico de aquellos días. En el silencio sepulcral de la pandemia, gritó con el escandaloso amarillo de su piel sintética. Y frente al pánico universal, soltó una carcajada sobre la ciudad, la historia, los virus y la muerte. Es que las esfinges saben de lo efímero de todo. Incluso de las tragedias.

“El paseante”, escultura inflable. 8 x5 x 5 metros. Fachada Museo de Antropología de Madrid, 2020.

El inflable no llegó solo. Apenas unos días antes del cierre de la ciudad apestada, había encabezado una invasión de alienígenas, indios de plástico, dioses precolombinos con cabezas de cómic y cuerpos humanos con colmillos de elefante. Mientras él se quedó afuera del Museo Nacional de Antropología, sus compañeros se apoderaron del espacio sin pudor. Como parte de la exposición “Yo soy otro tú”, subieron las escalas y se acomodaron en salas, vitrinas y rincones. Al hacerlo, invirtieron con osadía el guion de la historia occidental. Si este siempre ha repetido que España “descubrió a América”, esta tribu proveniente de los Andes ahora “descubría a Europa”. Choque de mundos como aquel de 1492, solo que ahora las armas no eran las espadas ni la pólvora, sino el ingenio y la risa insolente.

Son las herramientas que ha blandido desde hace varias décadas el colombiano Nadín Ospina, el papá de estos díscolos seres. En los años 90 su mirada aguda desacomodó, sin sangre ni discursos, siglos de verdades. Con la instalación “In partibus infidelium” (“En tierra de infieles”), recreó un museo arqueológico con piezas precolombinas falsas. Esta obra, que entonces ganó el Salón Nacional, partió en dos su carrera y también las reflexiones sobre el tema precolombino en su país. Iría más allá con la serie de “Críticos bizarros”, en la que en una desquiciante fusión combinaba la cara de Bart Simpson con un cuerpo de piedra. Esta obra es tan demoledora que Eduardo Pérez Soler afirmó: “Es tan emblemática para la América Latina de fines del siglo XX como lo fueron las ‘Marilyn’ de Warhol para los Estados Unidos de la década del 60”.

“Encuentro”, 2015. Bronce pintado. Instalación en el Museo Nacional de Antropología de Madrid, 2020.

Su acercamiento al tema precolombino se apartaba de la idealización del pasado indígena de los americanistas de la primera mitad del siglo XX; sin embargo, tampoco lo despreciaba. Acudiendo a la ironía y el sarcasmo, Ospina simplemente se afirmaba como el habitante de un presente multicultural y complejo, que debía negociar y tramitar las diferencias. Ya no funcionaba más la lógica de culturas y países de primera y segunda categoría. Los tiempos habían cambiado y el mapa ahora era otro.

Su perspectiva desde entonces ha venido aflorando en esas obras donde se mezclan el hocico de Goofy con el cuerpo del Chac Mool mesoamericano, las plumas chamánicas con la geometría de los bloques de Lego. Estas esculturas no son chistes fáciles; más bien expresan su irrespeto frente a las categorías tradicionales, que diferenciaban los materiales artísticos de los industriales, la civilización de la barbarie, las leyendas gloriosas de los superhéroes de cómics…

“Príncipe de las flores”, 2001, piedra (stone), 60 x 34 x 34 cm.

Sus figuras son monstruosas porque en su superficie chocan mundos irreconciliables. Esto fue lo que ocurrió en el origen de América Latina, donde ninguna cultura se impuso definitivamente sobre la otra, quedándole para siempre su permanente desacomodo. Es que somos una sociedad hecha de ruinas, encuentros y desencuentros, de rasgos locales y globales. Pero quizás haya llegado el tiempo en el que el cruce de culturas no tenga que mirarse solo en clave de guerras, de victorias y derrotas, de vencidos y vencedores, de nativos y emigrantes, de nosotros y los otros.

La obra de Ospina habla de todo esto, pero también lo hace el gesto mismo de llevarla a España (invitado por la curadora Isabel Durán), provocando una delirante antiinvasión al país de donde salieron los barcos colonizadores. Es perturbadora allí la conversación entre los cuadros de casta del siglo XVIII, donde se aprendían visualmente los matices de las clases y las razas, y el retrato familiar de Ospina, con su abuelo alemán y su abuela indígena en el centro.

“Los americanos”, gráfica. 19,5  x 118,5. Pieza única, 2014.

La vitrina del museo, con retratos de indígenas norteamericanos, pierde toda su pretensión científica cuando al frente se instala la fotografía digital de Ospina de los indios de plástico con los que de niños aprendimos el concepto de “salvaje”. Y el extraterrestre sentado al lado de una figura muisca en la recepción del museo evoca cómo fueron de la mano las fantasías intergalácticas del siglo XX con los discursos de exclusión y miedo hacia el otro étnico o cultural.

Si este emplazamiento en España de sus precolombinos le daba una gran fuerza a la exposición, el hecho de que haya sido una de las que quedó en cuarentena durante la pandemia terminó de reforzarla. Porque si algo nos ha enseñado el virus, con su indiferencia para atacar a “nosotros” o a los “otros”, es que hoy todo está interconectado y que el destino de la humanidad es único: solo nos salvaremos (o perderemos) juntos. Un secreto que la esfinge inflable de Ospina guardó detrás de sus ojos cerrados durante estos días vividos al filo de la navaja.

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