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El amor es un laberinto

Por: Guido Bilbao
Fotos: Alejandro Chaskielberg y cortesía del Laberinto

El amor es un camino que inicia con el encuentro, que recorrerá senderos inesperados, que se perderá en ese camino y que solo podrá llamarse amor si, pasado el tiempo, los amantes vuelven a encontrarse en su centro, libres al fin.

El amor es un laberinto. Y que lo digan si no Doris Romera y Claudio Levi. Son el ejemplo vivo. Se conocieron siendo jóvenes en el sur del sur, en los lagos helados de la Patagonia, una noche de luna llena. Estaban acampando en un bosque, a las puertas del primer beso, abrazados por el fuego y las estrellas que cubrían la noche. De repente, el semblante de Claudio cambió.

—Antes que nada tienes que saber una cosa —dijo. Ella se sorprendió por la solemnidad, pero esperó. Bioy Casares decía que nunca se debe preguntar lo que de todas formas uno va a conocer.

—Tengo un propósito en la vida. Mi misión es construir un laberinto —culminó. Doris no se asustó. Y se dieron el beso.

Así fue como empezó esta historia de amor que también es la historia del laberinto más grande de Latinoamérica, una maravilla que tardaron más de quince años en diseñar y dejar crecer, mientras nacían sus hijos. Hoy el laberinto es visitado por más de 10.000 turistas al mes, recorre el mundo —gracias al trabajo del premiado fotógrafo Alejandro Chaskielberg en su libro Laberinto, que estuvo en una exposición en Auckland— y hasta tiene su propio festival anual en los veranos; en el último de los cuales se presentó Devendra Banhart.

Bienvenidos entonces al secreto mejor guardado de la Patagonia argentina, en los valles de Epuyén, en el paralelo 42, entre bosques milenarios, ríos transparentes y paisajes de ensueño.

El misterio

Los antropólogos no han podido ponerse de acuerdo sobre cuándo surgieron ni quién los inventó. Se dice que hay atisbos de ellos en la Edad de Bronce y que acompañaron desde entonces el desarrollo de la humanidad. Fueron construidos en todas las culturas y en distintos lugares del mundo, en muchos casos al mismo tiempo. Algunos tenían objetivos espirituales o lúdicos,  otros pretendían encerrar allí

espíritus malignos o incluso también servían para escapar de ellos.

En la página web del laberinto lo dicen así: “El laberinto es un símbolo del mundo espiritual. Una representación de los caminos alternativos y las encrucijadas que se nos presentan en la vida. Visitarlo, transitarlo, habitarlo es una propuesta estimulante y una invitación al conocimiento personal”.

El Laberinto Patagonia, el sueño consumado de Doris y Claudio, se encuentra en la provincia argentina de Chubut en el sur del mundo, más precisamente, en el valle del río Epuyén, en la localidad de El Hoyo, en el camino hacia la desembocadura del río.

Lo cierto es que una vez consolidada la relación de pareja, enfocaron sus esfuerzos en cumplir el proyecto de Claudio que, poco a poco, también se transformó en la ilusión de Doris. Consiguieron la tierra y lentamente comenzaron la tarea. Jamás pensaron en abrirlo al público ni en convertirlo en una de las atracciones más requeridas de la Patagonia argentina. Solo querían hacerlo. Mientras diseñaban el recorrido, tuvieron que preparar el terreno, limpiarlo, aplanarlo, dejarlo apto.

Y luego lo más complejo: los arbustos: “Adquirimos las plantas de Cupressus (ciprés) en manojos, a raíz desnuda. Durante el primer año hubo que ‘viverearlos’ en macetas de un kilogramo, y luego en macetas de mayor tamaño”. A medida que crecían los arbustos iban macerando las ideas en relación a la forma final del laberinto. Levi habla de noches en vela dibujando planos, del estudio alienado de la kabbalah, historia, geometría sagrada, mitología, filosofía y magia.

“En realidad es como si el laberinto hubiese estado siempre allí, esperándome a mí y a mi destino”, asegura. “Lo que recuerdo son las emociones y sensaciones que me fueron atravesando durante aquellos tiempos de concepción: incluso el año que, desalentado por el esfuerzo, intenté abandonar el proyecto, pero el laberinto no me dejó; se impuso, y pudo más”.

Hasta que llegó el momento que tanto esperaban. Llevar las plantas a la tierra y darle forma al laberinto. Lo diseñaron en papel, luego en una cartulina y finalmente lo dibujaron en el terreno, con hilo y cal; sin conocimientos matemáticos y empujados a todo vapor por el deseo.

El proceso llevó varios meses, pero lejos estaban de terminar. Llegaron los días de la espera, de ver crecer los arbustos, podarlos, regarlos hasta notar con el tiempo que el laberinto, por sí mismo, tomaba forma hasta que finalmente se convertía en un organismo vivo.

Solían meditar en sus patios interiores, recorrerlo por las noches e invitaron amigos. Era un patio de juegos familiar; más que eso, un espacio espiritual que les trajo paz y regocijo… Hasta que las escuelas de la zona se interesaron y pidieron visitarlo. Los niños les contaron a sus padres y también quisieron visitarlo. Y así, lentamente y sin querer, comenzó a crecer el mito de los locos del laberinto. Y se decidieron a abrirlo al público. Construyeron un bar con vistas preciosas al laberinto y a la montaña y finalmente, en 2014, se lanzaron al turismo. El éxito fue instantáneo.

El predio de cinco hectáreas, que contiene casi 8.000 metros cuadrados de pasillos y patios interiores, es un inmenso campo verde rodeado de montañas monumentales. A pocos kilómetros se encuentra el lago Epuyén, alucinante espejo de agua rodeado de montañas nevadas, donde se puede navegar en verano y los valientes pueden zambullirse, aunque las aguas son de deshielo.

El marco natural es inmejorable, pero lo que más llama la atención de Laberinto Patagonia es el silencio. Los visitantes que llegan a los gritos, con niños corriendo y en plan turístico lentamente ingresan en una especie de trance, como si algo muy antiguo despertara en ellos el cosmos dormido que son.

Todos saben que se trata de un juego, que nadie se va a perder, que ningún monstruo terminará por devorarlos; sin embargo, ingresan a paso lento con cierto grado de temor, de imprevisibilidad.

Y así lo recorren y se pierden hasta que finalmente se encuentran. Una gracia infantil vuelve a los cuerpos haciendo la vida, al menos por un rato, algo mejor.

El recorrido promedio dura cerca de una hora. No vamos a dar pistas sobre los caminos que cierran y que pueden cambiar a través de las puertas, que abriéndose o cerrándose, pueden complicar el recorrido. Hay siempre gente que tarda mucho más. Que se detiene en sus patios interiores conectándose con algún tipo de energía milenaria que solo en este contexto se puede recuperar. Y por las tardes, Doris y Claudio vuelven a recorrer el sueño cristalizado, pero ahora atravesado por tanta presencia.

“Cuando todos se van, y solo quedamos Claudio y yo, entramos al laberinto y volvemos a recorrerlo: es increíble. Sentimos que pulsa, que palpita. Y se debe a todas las emociones positivas de la gente que lo recorrió durante el día, como si fuese un acumulador de toda esa energía. Hay que estar ahí para comprenderlo; es mágico”, dice Doris.

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