Salar de Uyuni
- julio 6, 2026
Por Julia Henríquez
Fotos: Demian Colman
El Salar de Uyuni no solo nos ofreció una experiencia alucinante. Allí, caminando sobre las nubes y perdidos en medio de una explosión de color, descubrimos también nuestra herencia andina y un aire que te renueva el alma.
La llegada
Estoy de pie, frente a un paisaje irreal; me veo en la nada, en el vacío, pero viendo y, sobre todo, sintiendo, el todo. El viento frío en mi cara y la humedad helada que se cuela entre mis botas son lo único que me otorga una sensación de realidad. El cielo está a mi alrededor y bajo mis pies; el paisaje espejado se extiende hacia el infinito. El sol apenas se levanta para desplegar este amanecer inédito.
Estamos en el Salar de Uyuni, al suroeste de Bolivia. Su verdadero nombre es Thunupa, en honor a la deidad y al volcán más importante de la región. Abarca 12.000 km² de extensión y alcanza, en el centro, hasta 120 metros de profundidad. Es el salar más grande del mundo.
Al llegar ayer, visitamos el Cementerio de Trenes, un escenario tan distópico que cruzó el umbral de lo bello, y conocimos una de las procesadoras artesanales que abastecen de sal de cocina a Bolivia. Afectados por los más de 3.000 msnm, llegamos al Hotel Palacio de Sal, y allí encontramos el refugio perfecto para aclimatarnos sin tener que perder ni un segundo de esta experiencia multidimensional.
Mientras cae la tarde, elegimos una salita privada con sofá, cobija y fogata en el parque del hotel. Frente a nosotros, el juego de luces sobre el horizonte infinito nos explica la razón por la cual también tienen un espacio para invitarte a dibujar el ocaso.
El día comienza
Para presenciar el amanecer, dejamos nuestro refugio a las 5 de la mañana.
Aquí, el cielo está en la tierra, pero no como en los libros sagrados. En este lugar el cielo es más profundo, más antiguo, más real. Mientras el sol se despega del suelo y comienza a subir, camino sobre nubes que se mueven bajo mis pies. Solo las ondas de agua que producen mis pasos me atan a la tierra. Estoy sobre el espejo más grande del mundo, formado por las últimas lluvias de esta temporada. El frío comienza a calar, pero el afán de registrar todo en el alma, en los ojos, en la cámara, nos mantiene en medio de este infinito.
La única explotación industrial del salar es el litio, aunque existe un esfuerzo colectivo por consolidar el turismo sostenible como la principal alternativa económica.
Nuestro guía, Milder, se crió en estas montañas, y el salar es parte de su cultura. Él posee el conocimiento ancestral de los pueblos andinos y al mismo tiempo es tan cosmopolita que puede guiar en varios idiomas. Un verdadero tesoro para Hidalgo Tours, la agencia que nos condujo en esta aventura. Milder nos habla de la cosmogonía andina, mientras Iván Mamani conduce la camioneta por este universo blanco y celeste que nos envuelve 360 grados. Solo verdaderos expertos pueden ubicarse en esta ruta.
Nuestra primera parada es el laberinto de sal, un juego divertido en la mitad de este punto inhóspito del planeta. El laberinto está acompañado de una serie de esculturas, por supuesto, hechas de sal y por artistas locales.
Un lugar maravilloso y mágico
Luego ingresamos a un territorio blanco, seco y cuarteado al punto que parece una baldosa con formas geométricas. Milder relata que hace unos 40.000 años, la cordillera de los Andes se elevó dejando atrapada una porción del océano Pacífico. Fue así como se creó el lago salado conocido como Michín, que cubría un porcentaje del territorio boliviano. Fueron los aymaras y los quechuas los primeros en admirar el jacha jaya kcocha, o “grandioso lago salado”. Con el paso de los años, el sol y el viento desecaron el agua, hasta dejar tan solo esta enorme capa de sal. Con las lluvias de enero, febrero y marzo, se forma la salmuera que crea el increíble efecto espejo que nos regaló el amanecer. En unos meses, cuando escasee la lluvia, estará expuesta una nueva capa, que eventualmente forma estas figuras geométricas. Y así el salar se sigue renovando.
La isla
Finalmente llegamos a la Isla Incahuasi. Isla, aunque no esté rodeada de agua. Es una montaña de rocas y enormes cactus, rodeada de sal. Esta maravilla geológica fue formada por corales fosilizados y piedras volcánicas, y fue poblada luego por fauna y flora resistentes a la inclemencia.
Caminamos hasta la Wilancha, un lugar ceremonial aymara, ubicado en la parte más alta. Desde aquí podemos ver todavía más clara la inmensidad de este territorio. Imagino a nuestros pueblos originarios cruzando este desierto y me pregunto cómo se adaptaron a circunstancias tan extremas. Para ellos el territorio era sagrado y se protegía, tanto como la Madre Tierra, a su vez, los protegía.
Todos los 21 de junio, durante el solsticio de invierno, y los primeros de agosto, durante el Año Nuevo Aymara, se celebra en la cima de la isla Incahuasi la wilancha, un ritual dedicado a las deidades andinas.
Bajamos de la cima solo para dejarnos llevar al mismísimo fin, ¿o inicio?, del mundo. Milder e Iván nos instalan una mesa y un banquete. Hoy almorzaremos un tradicional apthapi, un banquete comunitario de origen aymara basado en la reciprocidad y el compartir.
Para despedirnos del salar volvemos al cielo. Es un ojo de agua que nos ofrece el reflejo perfecto. El atardecer se extiende no solo en el horizonte, sino hacia todos los ángulos; volvemos a caminar entre nubes y nos hundimos entre los cientos de colores que el sol durmiente nos regala. El momento es tan fugaz como inolvidable. Este regalo de la diosa Thunupa solo lo viviremos hoy, pero nos acompañará por siempre.
Deja una respuesta