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Camino Real: la primera ruta interoceánica antes del Canal 

Descubre el Camino Real de Panamá, una travesía histórica entre selva, ríos y vestigios coloniales que revela el origen del tránsito interoceánico y la esencia del país.

Por Alexa Carolina Chacón

Fotos: Rommel Rosales

Antes del Canal, de los planos franceses y del ferrocarril, Panamá ya era una ruta indispensable para el mundo. Uno de sus caminos más legendarios —aunque menos explorados— es el Camino Real, la arteria colonial que conectaba la antigua Ciudad de Panamá con el puerto de Portobelo, en la costa Caribe.

A inicios del siglo XVI, tras la conquista del Imperio Inca, los españoles necesitaban una vía eficiente para trasladar el oro y la plata del Perú hacia Europa. Así nació el sistema interoceánico terrestre de Panamá, articulado por dos rutas principales. Desde Panamá Viejo, las riquezas podían trasladarse completamente por tierra a través del Camino Real, que unía la capital con Nombre de Dios y, más tarde, con Portobelo, donde aguardaban los galeones españoles. Esta ruta coexistía con el Camino de Cruces, que combinaba trayectos terrestres y fluviales y era más utilizado para el traslado de personas. 

Panorama de las Américas realizó la travesía original completa del Camino Real en una expedición que combinó historia, naturaleza y resistencia física. La caminata fue liderada por Rick Morales, director de Jungle Treks y uno de los mayores expertos en la selva panameña. Senderista profesional desde 1999 y oriundo de Volcán, Chiriquí, Rick ha recorrido los rincones más remotos del país con un profundo conocimiento de su historia, geografía y biodiversidad.

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El Camino Real no solo movía tesoros: movía culturas, lenguas, productos exóticos y, sobre todo, poder. Fue una ruta clave para la Corona española, operativa durante más de dos siglos y objeto constante de ataques de piratas y corsarios.

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Junto con el Camino de Cruces, el Camino Real forma parte del sistema colonial declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO.

Día 1: Donde el pasado aún pisa fuerte

Iniciamos el recorrido en Boquerón, provincia de Colón. Llegamos en auto, ya vestidos con el atuendo adecuado para caminar. Lo primero que encontramos es barro: un ascenso empinado entre fincas de subsistencia, ganado, lodo y sombra. Al descender por los senderos estrechos, reconozco por dónde han pasado vacas recientemente; el pie se hunde entre la boñiga casi hasta la mitad del empeine. Entiendo entonces la importancia de unas botas tácticas bien amarradas por encima del tobillo.

Son 8,5 kilómetros de caminata intensa y, a medida que se gana altura, comienza a aparecer entre la vegetación —como testigo de otra época— el empedrado colonial. Piedras irregulares, pulidas por siglos de tránsito humano, animal y de agua. Se cree que fueron extraídas de los mismos cauces cercanos. Hoy, por aquí pasan los residentes del área como si nada: esto, más que un vestigio histórico, es parte de su vida cotidiana.

Casi siete horas después llegamos a la orilla del río Mauro y el corazón acelerado encuentra sosiego. No más lomas por ese día. Al otro lado nos espera el albergue comunitario de la comunidad de Santa Librada, donde se instala el primer campamento. Comienza entonces una rutina que se repetirá cada tarde como un ritual de supervivencia: colgamos las hamacas entre los árboles, delimitamos ese espacio íntimo para dejar las botas, organizar la mochila y poner a secar lo que se pueda.

Más tarde, nos reunimos en el campamento comunal para compartir la “cena”: comidas liofilizadas, selladas al vacío, que se preparan con agua en pequeños fogones portátiles. La luz viene de las linternas frontales; el sonido, del monte. Al día siguiente, el ritual se repite, esta vez acompañado de café panameño.

Día 2: La selva se cierra, el río nos guía 

El segundo día entramos en selva virgen y el camino comienza a seguir el río Boquerón aguas arriba. Ya no importan los kilómetros recorridos; ahora, lo primordial es la capacidad de adaptarse al entorno. En el trayecto aparecen las ruinas de un puente y locomotoras oxidadas, restos de una compañía minera que buscó manganeso a inicios del siglo XX. Hollywood gastaría millones recreando un escenario así para una película de Lara Croft o Indiana Jones.

Debajo del puente, el agua es turquesa. Aquí nacen los afluentes que alimentan la cuenca hidrográfica del Canal de Panamá, reflejo del poder de conexión que tiene Panamá como nación.

En caminatas como estas, todo lo que necesite lo debe cargar usted mismo. Son indispensables botas de selva, polainas, hamaca con cobertor, impermeable, linterna frontal, filtro de agua, ropa de secado rápido, entre otros. Es imperativo empacar con la guía de un experto. 

Camino Real Panamá Senderismo

Rick nos ilustra sobre los caminos coloniales y su importancia histórica. Las turistas francesas que nos acompañan escuchan con atención: están decididas a conocer Panamá desde adentro. Culminamos la jornada tras 11 kilómetros de caminata, en un remanso escondido junto a una pequeña cascada. Montamos campamento en un lugar que se siente muy cercano al paraíso.

Durante todo el día hemos estado mojados por la lluvia, el sudor y el cruce constante de ríos. El cobertor de la hamaca nos resguarda del bajareque nocturno. Suspendidos entre árboles que llevan siglos en pie, el cuerpo finalmente descansa.

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 Día 3: El reto de lo intacto 

Este es el día más técnico y desafiante, tanto para el cuerpo como para la mente. El camino está compuesto por colinas de lodo y lo que los geólogos llaman bedrock: la roca que, en términos simples, funciona como la “costra” del planeta. El agua la vuelve especialmente resbalosa. En esta sección aparece algo extraordinario: escalones cincelados directamente en la roca, aún visibles después de siglos. Huellas esculpidas que confirman que este camino fue pensado, transitado y sufrido en otra época.

Entramos al río Longué y avanzamos junto a cascadas que exigen precisión absoluta para evitar accidentes. Estar en plena selva virgen, sin pueblos ni civilización cerca, desordena todo lo que creía saber sobre el mundo natural. No hay silencio, pero tampoco ruido: una orquesta constante de insectos, ramas que crujen y hojas que gotean lo envuelve todo. La humedad se convierte en una segunda piel y el corazón late a mil por hora. Los 6,5 kilómetros del tramo nos toman ocho horas.

Acampamos en Río Cascajal, posiblemente el punto más salvaje —y también el más hermoso— de todo el recorrido. Una cascada cercana recuerda que aquí quien manda es el agua. Nosotros somos solo visitantes.

La travesía del Camino Real debe realizarse exclusivamente en temporada seca (enero–abril).

La ruta implica múltiples cruces de ríos y afluentes que, durante la época lluviosa, pueden crecer de forma repentina, volverse peligrosos y hacer el paso imposible incluso para senderistas experimentados.

 Día 4: La salida, el silencio y el alma llena 

La jornada final es más larga en distancia, pero más rápida: 13 kilómetros recorridos en medio día. Dejamos atrás la selva profunda y comienzan a aparecer señales de civilización: pequeñas fincas, caminos más amplios y el rumor de una carretera cercana. La vegetación se abre y la luz cambia. Llegamos a las afueras de Portobelo, donde nos espera un bus para llevarnos al centro. Una vez allí, resulta casi impensable asimilar todo lo vivido en los últimos tres días.

Este recorrido lo realizan menos de 50 personas al año. La experiencia es íntima, transformadora y exigente. Gracias al trabajo de Jungle Treks, también representa una oportunidad de impacto positivo para las comunidades cercanas, que proveen alimentos, transporte y apoyo logístico en los campamentos. Aquí se camina con respeto, guía y propósito.

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